#12 La ciencia, el discurso de la ciencia y el psicoanálisis.
Psicoanálisis y Ciencia - Aproximaciones
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Texto 12: sobre la ciencia, el discurso de la ciencia y el psicoanálisis
12. La ciencia, el discurso de la ciencia y el psicoanálisis.
I.
Volvamos una vez más a Descartes. A partir de la formulación del cogito –pienso, luego existo (soy)–, el pensamiento, la res cogitans, avanza sobre la res extensa, aquello que no piensa y por lo tanto carece de ser. He ahí la eficacia del cogito, que da lugar a los grandes logros de las ciencias naturales; pero he ahí también el carácter forclusivo del cogito. Al separar la sustancia pensante de la sustancia extensa, envía al abismo de la extensión todo lo que no piensa, incluido el cuerpo humano.
Al creer que se puede pensar todo, sin resto, la ciencia –cuando se articula como discurso ideológico– forcluye la Cosa. En el Seminario sobre La ética del psicoanálisis, Lacan sostiene que
“es hablando estrictamente de Verwerfung de lo que se trata en el discurso de la ciencia. El discurso de la ciencia rechaza la presencia de la Cosa, en la medida en que, desde su perspectiva, se perfila el ideal de saber absoluto, es decir de algo que, aunque plantea la Cosa, al mismo tiempo no la reconoce. Todos saben que esta perspectiva se revela a fin de cuentas en la historia como representando un fracaso. El discurso de la ciencia está determinado por esta Verwerfung (…).”
Señalemos una cuestión crucial. Lacan habla en esta referencia del ‘discurso de la ciencia’, que debemos diferenciar de la ciencia ‘en sí’. Se trata de los efectos forclusivos que produce el discurso de la ciencia en su rechazo de lo que Freud llamaba la Cosa (Das Ding) –que en Lacan es una noción que prefigura lo que luego será conceptualizado como objeto a–.
Dichos efectos forclusivos pueden presentarse en el campo social –algunos autores plantean que los campos de exterminio nazis, y otras monstruosidades, podrían pensarse como efecto de los mecanismos forclusivos del discurso de la ciencia–; también pueden registrarse estos efectos en la experiencia del análisis, como efectos de desubjetivación –el discurso de la ciencia promete la curación del cuerpo y del alma sin que ningún sujeto sea implicado en el asunto–.
Recordemos también que en este Seminario Lacan plantea que la sublimación, como destino de la pulsión, consiste en ‘elevar el objeto a la dignidad de la Cosa’. Esto abre una pregunta: ¿qué lugar para la sublimación en el discurso de la ciencia?
El discurso de la ciencia genera efectos forclusivos-desubjetivantes en las relaciones sociales; efectos que son producto de la situación de la ciencia en el lugar del discurso del Amo en nuestra civilización, donde ha conquistado el estatuto –muy discutible– de representar totalmente a la Razón.
Según los postulados del Behaviorismo, “la conducta podría ser observada de tal manera que la misma se aclare por su finalidad” –señala Lacan en el Seminario Encore–. Y agrega: “Es sobre esto que se esperó fundar las ciencias humanas: abarcar todo comportamiento, no siendo supuesta en éste la intención de ningún sujeto.”
No hay ningún sujeto en las metas y ni en la finalidad del discurso de la ciencia; tal discurso funciona como una ideología de la supresión del sujeto. En este sentido se podría hablar de forclusión del sujeto por el discurso de la ciencia; pero subrayemos que la ciencia ‘en sí’ no forcluye el sujeto, más bien diríamos que produce un sujeto, el que Lacan llama ‘sujeto de la ciencia’. La ciencia, cuando se articula en discurso de la ciencia, persigue un proyecto de totalización del saber, de saber absoluto, y allí no sólo es eficaz sino terriblemente eficaz. La operación del psicoanálisis consistiría entonces en descompletar a la ciencia de su ilusión de hacer certeza con la verdad y recrear así un lugar para el sujeto.
(Imagen: Pavlov en su laboratorio)
II.
La fórmula del cogito, “pienso, luego soy”, podría ser leída (erróneamente) a partir de la fórmula de la implicación lógica, cuya tabla de verdad indica:
p q p => q
V V V
V F F
F V V
F F V
Pero esto nos colocaría frente a un problema. Vemos que puede haber un antecedente falso (p) y un consecuente verdadero (q). Podría ser falso que ‘pienso’ y verdadero que ‘soy’, y la implicación seguiría siendo válida.
Para Descartes, el pensamiento es aquello que da el ser. No tendría sentido plantearlo como falso –siendo verdadero el ser–. Lacan, para dar cuenta del planteo cartesiano, sustituye la fórmula ‘pienso, luego soy’ –aparentemente una implicación– por la fórmula ‘correcta’ de una conjunción: ‘pienso y soy’.
En la tabla de verdad de ‘p ∧ q’ se obtiene un valor verdadero sólo cuando ambos términos son verdaderos. Por eso es preferible presentar el cogito como la conjunción ‘pienso y soy’, cuya tabla de verdad es:
p q p ∧ q
V V V
V F F
F V F
F F F
En el pensamiento cartesiano pueden advertirse la ilusión y la pretensión de la ciencia moderna: la ilusión totalizante de una Mathesis Universalis y la pretensión de que se puede pensar el ser por entero, sin resto.
Lacan, en su operación de subversión del sujeto, toma las formulaciones cartesianas como el reverso del sujeto del inconsciente. El significante crea una falta ineliminable de objeto y hace imposible el cierre de un universo de discurso.
Lo que Lacan le interpreta al cogito es que no pueden copular por entero ser y pensamiento, y efectúa así una intervención sobre la ilusión totalizante del discurso de la ciencia. También podríamos plantear que, al mismo tiempo, Lacan realiza una intervención sobre el discurso de la filosofía, que a lo largo de toda su historia se ha interrogado por las relaciones entre el pensamiento y el ser. Ya en el poema de Parménides se plantea el problema. Leemos allí: “es una misma cosa el Pensar y el Ser”.
La operación de Lacan consiste en una negación: ‘no (pienso y soy)’. No hay copulación completa del ser y el pensamiento. El ser no puede ser pensado enteramente; algo del ser escapa al pensamiento.
En términos lógicos tenemos:
¬ (p ∧ q)
Que por leyes de De Morgan se transforma en
¬p v ¬q
Es decir, ‘no pienso o no soy’.
Esta es la intervención lacaniana sobre el cogito cartesiano, y sobre el discurso de la ciencia y su ilusión totalizante.
A partir de estas operaciones, la enunciación ‘cuando pienso no soy’ está originariamente reprimida, y es el lugar del Inconsciente, y la enunciación ‘soy cuando no pienso’ es el lugar del Ello.
La experiencia analítica demuestra que hay un pensar sin yo, lo que llamamos el inconsciente: un saber no sabido que se constituye por la articulación de las cadenas significantes. Y también hay una instancia que consiste en un ser sin yo: el ello freudiano. Ello habla, ello sueña, sin ningún ser asegurado en ningún yo. Entonces, si –como sujeto– pienso, me sitúo del lado del Inconsciente. (El pensamiento para Freud es del orden del inconsciente.) Pero si me sitúo –como objeto– del lado del ser (soy –el objeto para el Otro–) me ubico del lado del Ello.
La ciencia, en su pretensión de representar a la Razón en su totalidad, construye, sobre los restos del discurso del antiguo Amo, un nuevo discurso. En esta vía, si el manejo de sus recursos –las letras lógico matemáticas– no encuentra un tope –que podría estar representado por metas vitales formuladas por una sociedad–, es posible que se produzcan los efectos desubjetivantes antes mencionados –no habría un sujeto responsable de las metas y finalidades de la ciencia (de ahí la proliferación de los comités de ética)–.
Nunca será excesiva la insistencia en la necesidad de la articulación o interlocución con los discursos dominantes de la época. El psicoanálisis no podría encerrarse en la sola dimensión clínica o pretenderse en una extraterritorialidad absoluta sin riesgo de desaparecer, como ya ha ocurrido en muchas de las grandes capitales.
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